En
defensa de la tristeza, contra el mundo feliz neoliberal
La
tristeza es constitutiva de la experiencia vital del ser humano. Se está
triste, cuando se pierde a un ser querido, cuando se pierde un trabajo, un
amor, una amistad, cuando se corta un árbol, o se maltrata a un ser querido, a
un ser vivo, a un animal, cuando se contaminan nuestros mares, aires, lagunas,
bosques. Ante el genocidio armenio o palestino, ante las víctimas de la bomba
atómica en Hiroshima, ante el holocausto judío en Alemania, ante el genocidio
argelino, ante la masacre al pueblo sirio e iraquí, ante un paquete de
austeridad económica que resta derechos laborales, que disminuye salarios o
aumenta la jornada de trabajo, ante la privatización de nuestros parques
públicos, agua y cielos, ante el robo de nuestros fondos de ahorro para la
vejez...
A
la tristeza, puede seguir la indignación y la impotencia, y la necesidad de
insubordinarse contra un orden inmoral e injusto, para disminuir aquello que la
produjo, ya sea cuestionando las causas, o bien, a las personas responsables de esa tristeza, o de manera más tajante, destruyendo radicalmente lo que la produjo.
La
tristeza que trasciende, es aquella que tiene su origen en lo
social, fuera del sujeto, y que le lleva a éste a cuestionarse si vale la
pena existir con la consciencia de ser, en cierto modo, cómplice indirecto o
directo de la desigualdad, la pobreza, las
enfermedades, la guerra, la violencia, la contaminación,
el terrorismo de estado, la muerte de un ser querido, etcétera.
Han surgido teorías sociales, que trataron de reducir
las fuentes de tristeza, las fuentes del mal en el mundo. Estas teorías son,
por así decirlo, testimonios silenciosos de las fuerzas productoras de un estado
triste en el mundo. Y digo silenciosos, o también mudos, pues sus soluciones, sus críticas no son escuchados, leídas o comprendidas, dado el interés por mantener un estado de optimismo generalizado, es decir, de ocultamiento de la barbarie o peor aún, de su espectacularización y consumo al por mayor, como ocurre ahora a través de las redes sociales.
Es
el sentimiento de tristeza, de desencanto, desilusión o decepción, el conflicto interno vivo, dimensiones que han permitido hablar y
escribir sobre la tristeza, sobre la decepción de la existencia –en
contraste con el optimismo conformista siempre creciente, anclado en la fe en la evolución positiva y lineal de la ciencia y la tecnología[1].
Y es que el estar capturado de tal sentimiento de tristeza --o como Unamuno, del sentimiento trágico de la existencia--, convierte al que lo padece, en
un espejo viviente de los conflictos y contradicciones del mundo, de las miserias de su mundo[2], –precisamente después de las grandes catástrofes acaecidas durante la primer
mitad del siglo XX, que tiraron por la borda o dejaron en suspenso esa confianza
excesiva en la razón ilustrada y científica--, con lo cual poder ofrecer a los
que caminan sin consecuencias, a los omnicontentos y bien adaptados, el recuerdo
de las tareas pendientes por resolver, de las heridas lacerantes y abiertas
aún.
Toda una larga lista de personajes trágicos y radicales que, desde los márgenes de la sociedad, desde la pobreza, o bien, desde las clases medias ilustradas, desde el "privilegio económico", concibieron un pensamiento o lenguaje barroco, desviante, crítico, discordante, rupturista, revolucionario, descentrado, anticapitalista, trágico, místico, interdisciplinario y transdisciplinario, cuya apuesta fue la reconfiguración del mundo sobre cimientos filosóficos, fenoménicos, antropológicos y económicos de una excepcionalidad y singularidad sin parangón entre sus contemporáneos.
Desde la poesía, la filosofía, las letras, la moderna ciencia económica y social, la estética, la ética, conocemos escritores, filósofos, científicos sociales, pintores, quienes tuvieron la tremenda osadía de la lucidez y poner de relieve el lado esencial, oculto, disfrazado de los fenómenos, su parte más problemática o que reflejaba un punctum (Barthes, R. 1990. La Cámara Lúcida. Notas sobre Fotografía, Barcelona: Paidós Comunicación), un punto de quiebre con los enfoques o sistemas de pensamiento conocidos, y, esto es fundamental, siempre en concordancia riesgosa con la verdad de los propios fenómenos, contra sus propios deseos, en correspondencia con un conocimiento a profundidad, multidimensional y mística de sí mismos y de la realidad, teniendo por resultado, el cuestionamiento radical, de raíz, de los grandes sufrimientos y problemas de su época, entrando en conflicto con las interpretaciones corrientes.
Desde la precariedad económica, la enfermedad, la zozobra existencial, el azote del hambre, desde la degeneración física, desde la persecución o el destierro, generaron fundamentos epistemológicos, sociológicos, históricos, literario-estéticos, humanísticos, económicos, metodológicos, literarios, ético-filosóficos, más firmes y más profundos a contracorriente del imperio de las ciencias hegemónicas.
De nuestra Latino-América, pienso en una Alejandra Pizarnik, Susan Sontag, Flora Tristán, Ezzio Flavio Bazzo, los libertadores sudamericanos José Martí, Simón Bolívar hasta llegar al propio Hugo Chávez; el escritor argentino Roberto Arlt, el escritor brasileño anarquista Ezzio Flavio Bazzo. En México, desde José María Morelos, Miguel Hidalgo y Costilla, Fray Servando Teresa de Mier, Fray Bartolomé de las Casas, Sor Juana Inés de la Cruz, Demetrio Valle, Tomás Mojarro, Rulfo, Ricardo Flores Magón, Carlos Montemayor, Cristina Pacheco, José Emilio Pacheco, Armando Vega Gil, Luis Villoro, Vladi, Ricardo Pozas Horcasitas, Oscar Lewis
De Europa, pienso en Fernando Pessoa, Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, J. S. Bach, Mozart, Vivaldi, Marx y Engels, Baudelaire o Rimbaud, en Dostoievski, Unamuno, Cioran, Kafka, Cervantes, T. Adorno, Benjamín, Fromm; Dostoievski, Unamuno, Picasso, Dalí, Paul Gauguin, Van Gogh, Francisco Goya, Hyeronimus Van Eyden "El Bosco", Sloterdijk, Deleuze, Sousa Santos, entre otros.
Todos ellos figuras disímiles en tiempo y espacio, pero con algo en común. La insatisfacción básica frente al orden existente, la indignación y ansias de justicia social y de refundar el mundo sobre bases éticas, estéticas, económicas y/o socioculturales contra la mecanización y rutinización de la vida, y la alienación sociales.
Pero
hay voces que llaman a acallar, todo el tiempo, la tristeza, la desazón, las expresiones críticas, el disenso, el debate epistemológico, el diálogo y la conversación profundas, postergar o minimizar los textos y autores/as clásicos, contestatarios, anticapitalistas, insurgentes, o bien, aquellos que tienen ese sentido crítico, mirada trágica de la existencia. En las universidades, se prefieren autores contemporáneos, perspectivas de análisis nuevas, antes que volver a los clásicos, a los textos escritos antes de 1950. Así, la sociedad es deformada cotidianamente, desde los establecimiento académicos o escolares, a través de contenidos curriculares obligatorios, "actuales", bancarizados (Freire, Paulo. 1968. La pedagogía del oprimido).
No se diga la población no escolarizada, a la cual se retaca de manuales de autoayuda, a los empleados de cuello blanco se les imbuye acudir a pláticas de Coaching empresarial, sesiones de neuro programación lingüística, terapias psicológicas, Fitness, Gym, entregados de lleno al Shoping de las Plazas comerciales, confinados a una vida de consumo, vértigo y prisas sin fin, búsqueda acrítica de una vida de optimismo y positivismo, pero que en última instancia va orientado a mantener el sistema
productivista, acumulativo y empresarial neoliberal.
Es
una herejía, hoy en día, desear estar solos, sin hacer nada, pensando, leyendo
un libro, entregados a la ensoñación, entumecerse en la angustia producida por
un amor, soñar despiertos, sin la camisa de fuerza de las obligaciones externas
de un trabajo esclavizante, o bien, al margen de un trabajo que exige por
encima de todo rendimiento y eficiencia, y ello, para generar beneficios ajenos.
Herejes
son todos los que no responden correctamente a la sociedad del rendimiento y la
productividad sin más, del éxito y de la alegría aséptica al conflicto y
temerosa a todo movimiento social, intelectual y político que atente contra esa
armonía y corrección política simulada, donde nada en esencia debe cambiar.
No
parecen ser los de hoy, tiempos propicios para la tristeza, y sin embargo, la gente sigue acudiendo
de manera espectacular y en masa a servicios de autoayuda, redirigiendo el
potencial de dicho sentimiento, hacia el optimismo vacuo y superficial del sistema de consumo dominante.
Urge,
en éstos tiempos de alegrías y pensamiento positivo en serie, de emociones dictadas por el habitus
empresarial,
una tristeza competente y con dientes, con capacidad para convertirse
en una insurgencia epistémica y emancipatoria,
frente a la mac donalización y espectacularización del mundo.
NOTAS:
August Comte, sociólogo
francés del siglo XIX, fundador de la ciencia positiva, o positivismo,
promulgaba que la sociedad evolucionaría por una serie de estadios : e.
teológico, e. metafísico y e. racional de manera lineal, sin conflictos o contradicciones.
Pienso en todos aquellos,
hombres y mujeres, en la historia de las ideas filosóficas, en las artes, en la
política o la escritura, que supieron compenetrarse con los dolores y las
miserias de su época, expresando descarnadamente y con gran lucidez, las maldades
cometidas por “el hombre contra el hombre”, denunciando y proponiendo nuevas
relaciones con el mundo, la naturaleza y la humanidad, con el cosmos, algunos
con mayor profundidad quizás, pero finalmente, ofreciendo una contravisión, a los poderes establecidos, al
terrorismo ideológico y económico desde la eclosión del capitalismo industrial, su fase monopolista, imperialista y hasta su actual fase transnacional-especulativa.
Illouz, Eva.
(2007). Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. España:
Katz Editores.
Idem.
Sousa Santos (2017) habla de una
epistemología o una filosofía con dientes, es decir, capaz de subvertir
ideas preestablecidas, desocultar y además, producir acciones emancipatorias.
También habla de una ciencia de retaguardia, que camine al lado de --en
vez de frente de--, los que sufren, y luchan desde abajo.
Sousa habla de una “pedagogía del
conflicto”, y de una “epistemología desde el sur”, que responda a los intereses
y a los saberes de los excluidos y postula también una “sociología de las
ausencias”, para dar voz a todas a las experiencias de hacer y de saber, de los
otros invisibles en los países del sur colonial africano, asiático y
latinoamericano.
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