El rostro sucio del indigente
Albert Trott
Albert Trott
25/07/2017
Llovía con intensidad, en el
entonces centro de Coyoacán y, bajo el tejado del recinto delegacional,
una multitud de gente se apertrechó, tratando de burlar las inclemencias
del aguacero.
Un padre jugueteaba y platicaba
con sus hijos jovialmente. Entretanto, en algún vericueto de aquella
plaza legendaria, se alcanzaron a escuchar los alaridos desconsolados de
un hombre:
–¡Ayyy…! ¿Por qué me madreas? ¿Qué culpa tengo de no encontrar trabajo? ¡Me robaron todo y estoy enfermo! Les ruego, por amor de dios, no me madreen. ¡Estoy enfermo! –se lamentaba el desdichado.
Los
agresores, señores y jóvenes mal encarados, comerciantes de mercancía
de dudosa procedencia, le espetaron:
–¡Ya te habíamos dicho que te íbamos a poner en tu madre si seguías por aquí putooo!. ¿No ves que nos ahuyentas la clientela?.
Acto seguido, jubilosos, tornaron a dar de puntapiés al harapiento hombre:
–¡Orale puto, para que no te metas con nosotros! Y a la otra que vuelvas ¡Aguas! ¡Que te damos unos piquetes!
-¡No, por favoooor!
Tras
desahogar su ira, los bellacos dejaron en paz al hombre y, ante la
indiferencia de la gente por ayudarlo, el padre de los niños resolviose
darle su apoyo.
Sonriente
y seguro, sin rastro de vergüenza, ayudó a ponerse en pie al
indigente, encaminandose rumbo al palacio delegacional. Ya en el sitio,
lo tomó firmemente por un brazo, mientras con el otro, se dispuso a
retirarle la suciedad del rostro.
Como si fuesen
hermanos, el papá de los niños, trataba a aquél sin el menor asomo de
desconfianza, repugnancia o temor, como cabría esperar del ciudadano
común y corriente de la ciudad, educado en la cultura de la
discriminación y el racismo fáciles.
Tres niños,
junto con su padre, la tía y la abuela, –ya muy acabada ésta última por
las enfermedades pero quizás más por el resentimiento y la doble moral–,
miraban de reojo y con un silencio inquisitivo, con un desdén apenas
disimulado.
–¡Apá Apáa! –preguntaba el niño a su padre–; ¡iraaa, lo está ayudando!
Y el "apá", hábil para las respuestas directas, informadas por su propio autodesprecio, confesó:
–¡Nomás es para llamar la atención mijooo!
Y
la abuela, que también quería participar en las maledicencias, pues le
llenaban de una secreta y perversa satisfacción, se decía:
-¡No debería tocarlo, le va a pegar alguna enfermedad!. ¡Ha de tener piojos!.
El
indigente, -un señor bajo de estatura, de tez morena, cachetón, barbado
y ventrudo-, solo atinaba a balbucear frases ininteligibles acompañadas
de muecas absurdas por los efectos del alcohol. Sin embargo, su mirada,
por un momento adquirió un brillo particular, que parecía querer decir
lo siguiente:
“¡Hermano,
a pesar de las tinieblas, la injusticia con que me han tratado ésos
fulanos, de la indiferencia de la gente por quienes como yo, andamos sin
trabajo, agobiados por la enfermedad y olvidados por todo mundo, tú me
tendiste la mano; limpiaste mi rostro!”
Y
el padre de los niños, que de vez en cuando decía algo mientras
limpiaba el rostro del indigente, entendía lo que la mirada del
desposeído le comunicaba:
"Sé
que no ha sido fácil para ti mi amigo. Y lo siento, pero tienes que
seguir adelante. ¡Búscate, y de ser posible, reencuentrate!".
Un
funcionario de la delegación que también se había percatado de la
escena, tratando de justificar su propia insensibilidad y de
trivializar el aspecto ético y humanístico visible en la actitud de
aquél ciudadano de a pie frente al "pordiosero", con frialdad y cinismo,
expresó lo siguiente :
–¡Bah! ¡Ha de ser trabajador social!
El
padre de familia, finalmente, le acomodó al indigente la chaqueta que
llevaba puesta y, sin decir más, se fue de ahí, dejando a aquél entre la
plebe que, siempre absorta, se quedó mirando al indigente con morbo y
suspicacia.
Ya cedía la llovizna , y la gente, habitante de aquella mundanal existencia, apresurabase de nuevo a retomar su paseo dominical.