domingo, 27 de agosto de 2017

El rostro sucio del indigente
Albert Trott
 
25/07/2017

Llovía con intensidad, en el entonces centro de Coyoacán y, bajo el tejado del recinto delegacional, una multitud de gente se apertrechó, tratando de burlar las inclemencias del aguacero.

Un padre jugueteaba y platicaba con sus hijos jovialmente. Entretanto, en algún vericueto de aquella plaza legendaria, se alcanzaron a escuchar los alaridos desconsolados de un hombre:

–¡Ayyy…! ¿Por qué me madreas? ¿Qué culpa tengo de no encontrar trabajo? ¡Me robaron todo y estoy enfermo! Les ruego, por amor de dios, no me madreen. ¡Estoy enfermo! –se lamentaba el desdichado.

Los agresores, señores y jóvenes mal encarados, comerciantes de mercancía de dudosa procedencia, le espetaron:

 –¡Ya te habíamos dicho que te íbamos a poner en tu madre si seguías por aquí putooo!. ¿No ves que nos ahuyentas la clientela?.

Acto seguido, jubilosos, tornaron a dar de puntapiés al harapiento hombre:

–¡Orale puto, para que no te metas con nosotros! Y a la otra que vuelvas ¡Aguas! ¡Que te damos unos piquetes!

-¡No, por favoooor!

 Tras desahogar su ira, los bellacos dejaron en paz al hombre y, ante la indiferencia de la gente por ayudarlo, el padre de los niños resolviose darle su apoyo.

Sonriente y seguro,  sin rastro de vergüenza, ayudó a ponerse en pie al indigente, encaminandose rumbo al palacio delegacional. Ya en el sitio, lo tomó firmemente por un brazo, mientras con el otro, se dispuso a retirarle la suciedad del rostro.
Como si fuesen hermanos, el papá de los niños, trataba a aquél sin el menor asomo de desconfianza, repugnancia o temor, como cabría esperar del ciudadano común y corriente de la ciudad, educado en la cultura de la discriminación y el racismo fáciles.
Tres niños, junto con su padre, la tía y la abuela, –ya muy acabada ésta última por las enfermedades pero quizás más por el resentimiento y la doble moral–, miraban de reojo y con un silencio inquisitivo, con un desdén apenas disimulado.

 –¡Apá Apáa! –preguntaba el niño a su padre–; ¡iraaa, lo está ayudando!

 Y el "apá", hábil para las respuestas directas, informadas por su propio autodesprecio, confesó:

 –¡Nomás es para llamar la atención mijooo!
Y la abuela, que también quería participar en las maledicencias, pues le llenaban de una secreta y perversa satisfacción, se decía:

 -¡No debería tocarlo, le va a pegar alguna enfermedad!. ¡Ha de tener piojos!.

El indigente, -un señor bajo de estatura, de tez morena, cachetón, barbado y ventrudo-, solo atinaba a balbucear frases ininteligibles acompañadas de muecas absurdas por los efectos del alcohol. Sin embargo, su mirada, por un momento adquirió un brillo particular, que parecía querer decir lo siguiente:

 “¡Hermano, a pesar de las tinieblas, la injusticia con que me han tratado ésos fulanos, de la indiferencia de la gente por quienes como yo, andamos sin trabajo, agobiados por la enfermedad y olvidados por todo mundo, tú me tendiste la mano; limpiaste mi rostro!”

 Y el padre de los niños, que de vez en cuando decía algo mientras limpiaba el rostro del indigente, entendía lo que la mirada del desposeído le comunicaba: 

"Sé que no ha sido fácil para ti mi amigo. Y lo siento, pero tienes que seguir adelante. ¡Búscate, y de ser posible, reencuentrate!".

 Un funcionario de la delegación que también se había percatado de la escena,  tratando de justificar su propia insensibilidad y de trivializar el aspecto ético y humanístico  visible en la actitud de aquél ciudadano de a pie frente al "pordiosero", con frialdad y cinismo, expresó lo siguiente :

–¡Bah! ¡Ha de ser trabajador social!

 El padre de familia, finalmente, le acomodó al indigente la chaqueta que llevaba puesta y, sin decir más, se fue de ahí, dejando a aquél entre la plebe que, siempre absorta, se quedó mirando al indigente con morbo y suspicacia.

Ya cedía la llovizna , y la gente, habitante de aquella mundanal existencia, apresurabase de nuevo a retomar su paseo dominical.

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